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El Uróboros

Representa la naturaleza cíclica de las cosas, el eterno retorno y otros conceptos percibidos como ciclos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen. En un sentido más general simboliza el tiempo y la continuidad de la vida. Se usa como representación del renacimiento de las cosas que nunca desaparecen, solo cambian eternamente.

Es verdad que la variedad del universo es enorme, pero no es difícil darse cuenta de que muchos objetos pueden descomponerse en partes más simples. Tan pronto despertó el interés científico por el mundo, se alcanzó la conclusión inevitable de que todos los cuerpos materiales deberían estar formados por mezcla o combinación de unos pocos elementos. Cuando esta tendencia se llevó hasta el extremo, surgieron las corrientes filosóficas monista y dualista. La primera (cuyo nombre deriva de la palabra griegamonos, uno) reduce todo lo que existe a una componente única; la segunda (de duo, dos), a la mezcla de dos componentes antagónicas.

Los cuatro elementos de Empédocles de Agrigento

La Ciencia, que hasta hace pocos siglos se confundía con la Filosofía, se vio arrastrada a estas concepciones. Hacia el año 450 antes de nuestra era, el filósofo griego Empédocles de Agrigento afirmó que todos los objetos materiales están formados por la mezcla en distintas proporciones de cuatro sustancias elementales: tierra, agua, aire y fuego. Las tres primeras representan los estados físicos más conocidos de la materia: sólido, líquido y gaseoso; el fuego puede considerarse la representación de la energía.

Estos elementos aparecerían en estado puro en unos pocos objetos, pero se combinan en diversas proporciones para formar todos los demás. Se suponía que el cuerpo humano estaba constituido predominantemente por el elemento tierra (la carne y los huesos), pero también por agua (la sangre y los demás humores), aire (que adquirimos al inspirar y perdemos en la expiración y la transpiración) y fuego (que desprendemos en forma de calor).

Hacia el año 400 antes de Cristo, el filósofo griego Demócrito de Abdera pensó que la materia no puede dividirse indefinidamente: más pronto o más tarde se reduce a partículas que Demócrito llamó átomos, que en griego significa indivisibles. Según su teoría, habría tantas clases de partículas diferentes como de elementos. Sin embargo, las opiniones de Demócrito se adelantaron dos mil años a su época, no fueron aceptadas por sus contemporáneos y durante mucho tiempo cayeron en el olvido. Sus escritos se han perdido: de sus setenta y dos obras, tan sólo se conservan algunos fragmentos. Lo que sabemos de sus teorías ha llegado hasta nosotros a través de otros autores.

Medio siglo después de Demócrito, Aristóteles (384-322 a. de J.C.) añadió un quinto elemento a los cuatro de Empédocles: el éter, constituyente básico del cielo y de los cuerpos celestes. Con este añadido, la teoría de los elementos alcanzó su forma definitiva y se mantuvo básicamente inalterada durante casi dos milenios.

Aunque los cuatro elementos fundamentales podían mezclarse en proporciones variables en un mismo cuerpo, cada uno predomina especialmente en una región determinada del universo. En el centro (tal como entonces lo concebían) se acumula el elemento más pesado, la tierra, sobre la que se extiende la delgada capa líquida de las aguas dulces y marinas. A continuación viene la esfera del aire, la atmósfera, y por último la del elemento más ligero, el fuego. El límite de los cuatro elementos materiales venía fijado por la órbita de la luna. A partir de ese punto comenzaba el mundo de los astros, al que correspondía el éter.

Los elementos en la Alquimia islámico-medieval

La Alquimia, ciencia madre de la Química moderna, nació en Oriente próximo hace miles de años. Su origen está envuelto en la leyenda: su invención se atribuye al dios egipcio Thot o, en versión griega, Hermes (el Mercurio romano), a quien se aplica en los textos alquímicos [1] el apelativo de Trismegistos, el tres veces grande.

La Alquimia gozó de gran auge durante los últimos siglos del imperio romano de Occidente. A la caída de éste, la mayor parte de los textos se perdieron, aunque la joven civilización islámica heredó muchos de los conocimientos atesorados en las grandes bibliotecas de Oriente y se apoyó en ellos para desarrollar su ciencia y su filosofía. De esta forma apareció una escuela alquímica árabe [2], que dio a esta ciencia su nombre: al-kimiya, que quizá descienda del egipcio kˆme (tierra negra).

La influencia árabe ha quedado grabada de forma perdurable en numerosos términos químicos que aún utilizamos: alcohol, álcali, bórax, elixir... Estos nombres, así como otros conocimientos alquímicos, llegaron a Occidente a través de España, junto con los textos de Aristóteles, hacia finales del siglo XII.

La gran obra alquímica

La Alquimia medieval islámica y occidental mantuvo la idea de cuatro elementos fundamentales, pero representó lo sólido por la sal; lo líquido por el mercurio; y lo gaseoso por el azufre, sustancia muy combustible que al arder se transforma en un gas. El fuego continuó siendo la representación tangible de la energía.

Si todos los cuerpos son mezclas de los cuatro elementos en distintas proporciones, razonaban los alquimistas, debería ser posible en principio variar estas proporciones mediante acciones alquímicas, hasta obtener cualquier sustancia. En particular, dedicaron grandes esfuerzos a tratar de transformar el plomo en oro, para lo cuál juzgaban que era preciso aumentar la proporción del elemento fuego en el primero de estos metales.

El taller del alquimista difería bastante del laboratorio químico moderno. Su instrumento fundamental era el horno (atanor), donde se sometían a cocción los preparados durante largos períodos de tiempo. También se utilizaban el crisol y la retorta, hoy prácticamente abandonados, y el fuelle, que servía para dirigir la llama. En los escritos alquímicos, cada ingrediente tenía su símbolo. La mayor parte de ellos han caído en desuso, pero algunos, como los dos que representaban lo masculino y lo femenino (así como los planetas Marte y Venus, y los metales hierro y cobre), mantienen su vigencia en otras ciencias.

La obtención de oro no era la meta fundamental de la Alquimia medieval. El alquimista tenía objetivos más importantes que el mundano y materialista de enriquecerse. La piedra filosofal [3], capaz de convertir el plomo en oro, era al mismo tiempo el elixir de la eterna juventud, la panacea que curaba todas las enfermedades y el disolvente universal. Se trataba, en realidad, de un quinto elemento (quintaesencia), capaz de producir alteraciones fundamentales en los otros cuatro por su solo contacto.

 

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